“Niña, adolescente, los libros me salvaron de la desesperación; eso me ha persuadido de que la cultura es el más alto de los valores, y no logro considerar esta convicción con mirada crítica.”

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Es curioso. O quizás no. Tal vez todo esto que visto de lejos hasta puede constituirse en azar es una hermosa realidad proyectada desde el antes. ¿Antes? He dicho Pasado, qué difícil polarizar el tiempo cuando te has convertido en la medida del mismo: cuando estar o no estar contigo... (Gracias, Borges).

Es algo curioso, pensé y me sonreí. Sentada en el piso de cemento aguardando al tren, que ya dejaba ver desde lejos la lucecita que pronto sería una gran lámpara rodeada de una especie de tabla de planchar enorme colocada en vertical y aún vistiendo el "luto" por el fallecimiento del idol nacional. Nuboso el día, lluvioso, no tan fresco como el de aquella vez... Pero sí lo bastante parecido como para sonreirme y volver a sentir el escalofrío de la espera, como si fuera la primera vez. Qué cliché de película romántica, y me faltaría el estribillo de fondo de alguna canción pop y en inglés. Los yanquis saben como hacer escenas efervescentes y pasajeras. La verdadera música que inmortaliza es la Clásica. Y Charly. Say No More.

Entonces, me levanté del suelo. Ésta vez son sandalias, un jean azul y una remera gris, con la camperita esa ajustada que hace poco volví a usar. Mi cabello, muy despeinado, enredándose en el rodete. Mis ojos delineados, y bien abierto. Mis manos con la muñequera del Che. Curioso tambíén, me la regalaste ese día ! lo recuerdo perecto. Pero ese día yo tenía botas, las botas marrones, el jean con el botón rojo, mi pulover "punk" y la horrible cartera.

La lluvia fue un bonito telón de fondo. Me encantaba sentir el frío que por entonces era más bien helado, pero sosteniendo tu mano en la mía sentir el aire calandome en el tuétano no se sentía más que como volver a nacer. ¿Cómo explicarlo, G? Vos entenderas mejor, porque sentimos algo similar, y con fuerza, como un huracán devastador que se vio forzado destruir todo lo de antes: Miedo, resignación, recuerdos. Esos quedan. Esos no se van. Pero los primeros dos se vieron pulverizados y arrojados a la mar de la conmiseración que no sentimos, por nadie.

No imaginaba que ese día iba a conocer tan bien tu cuarto. Tu cama, qué lindo, qué cómodo sentirte conmigo. Pareciera como si aquel instante lo hubiésemos ensayado toda la vida. Pero no, no, bebé. Todo nuevo, todo real.

Cuando me bajo del tren recuerdo que también habías llegado después que yo, que me había apoyado en ese bordecito de un coso que no sé nombrar, y que el hombre del pulover rojo me habló de Francia, de Economía, de Bella Vista, de Perón (¡Baranda! era una baranda de metal, ahora lo recuerdo bien).

Llegaste y me dijiste: "Te amo". Luego, beso, largo y profundo. Luego tu mano de la mía. Alegría, estupor, nervios también. Cómo no mirarte y sentir que eso podía ser un sueño. Pero en los sueños no hacía ese frío y el corazón no me latía febrilmente.

Qué bueno saber que muchos días ya pasaron de esos momentos, y saber que el amor y la manera en que nos miramos sigue haciéndose presente todo el tiempo entre nosotros. Jamás renunciamos el uno al otro, yo creo en lo que vos me enseñaste: uno nunca claudica.

Te amo, G.


N.

1 comentario:

G. dijo...

Y cómo no reconocer una mirada de suspiro llena de encanto femenino, benigno, puro...Y cómo no mirarte sin parar a través de estos cristales carbonizados que mis ojos han hecho de mis prismas oculares y que tu resplandeciente metafísica hacen renacer todo el tiempo, como el fénix de las cenizas, como la esperanza en medio de la crisis, como el encuentro en la soledad...

Cómo olvidar esos primeros momentos en los que tenía miedo de dar un paso en falso y tropezar, parecer un tonto. Cómo figurarme siquiera cómo podía evitar no mal impresionarte luego de haber logrado tu comprensión absoluta, tu protección y contención inalienable, mi amor. Cómo atisbar siquiera a imaginarme mía cuando yo no creía en mis engañosas mentiras de arrabaleras y pertinaces mañanas en las que pensaba que el fin estaba lejos, pero que el camino estaba desierto y vos, vos mi amor, no estabas en él...

Y fué mirarte a los ojos, esperar que el hombre de la bicicleta se apartara y acercarme a vos, con tu abrigo oscuro, tu mirada tierna pero penetrante, tu sonrisa aclaradíasoscuros, tu voz sensible y tierna, tus manos tiesas y frías, nuestros corazones fuertes y enaltecidos por ese amor incondicional que desde el primer momento en que te dije nena despertó en ambos ese fragor inalcanzable solo aceptable por nuestra inconsciencia erótica aparecida en momentos inesperados, pero ansiados, a más no poder, a más no aguantar, ese sentimiento de querer amarte ya y para siempre, para siempre, mi amor, para siempre.

Te amo, N.

G.

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