“Niña, adolescente, los libros me salvaron de la desesperación; eso me ha persuadido de que la cultura es el más alto de los valores, y no logro considerar esta convicción con mirada crítica.”

domingo, 8 de noviembre de 2009



Y dejo constancia a través de estos escritos de que jamás me molestó el saber que alguna vez fueron tus manos las que enfundaron su cuerpo, bañándolo de caricias y alienando besos, que solían pasar juntos la mayor parte del tiempo, que solían dedicarse palabras de amores a lo camp.
Lo sé, yo fui testigo, yo estuve en la avant prémiere.
No es más que una apátrida, baby, tú y yo lo sabemos tan bien.
Ella se ha vuelto ruinas y está en reconstrucción. Como cuando el Imperio Bizantino abandonó Constantinopla ¿Qué ocurre cuándo el territorio ha quedado devastado? Pululan los gérmenes de la desidia y claudican los estándares del amor.
Acaso buscará reponerse prediciendo una Restauración... No, todos sabemos que eso no va a ocurrir.
Sería intentar revertir la llegada de los turcos otomanos, y vaya que su rostro tiene facciones de nativos. Pero, muchacha, dale tiempo al tiempo, espera a la espera. Devuélvete a la gracia antes que a la pena. Esperemos en tanto que estamos esperando. No hay ningún pedazo de culo que valga más de cincuenta mangos, si querés inspirarte en Buko...
Reconozco que en algún pasado formó parte importante de tu vida, el archipretérito de su existencia –sin embargo- no la condena a sonsacar nuestro presente. Un poco más de respeto por vos misma, tu identidad no tiene que quedar en la zanja. La reconozco en tanto la sé cercana a lo que alguna vez fuiste, la reconozco en tanto te reconozco a vos todos los días de mi vida. Pero las calles que se nos iluminan con la refulgencia de nuestros días no tienen por qué empequeñecer sus noches.
Está tan lejos de nosotros…
Que da tanta lástima verla derramándose por las veredas, cual huérfana sin idiosincrasia, convirtiéndose en esa suerte de pérfida viscosidad que pretende ser el ungüento amarillo para su soledad. Cien años de soledad se embalsaman en la melancolía de un rostro abandonado. Pero qué puedo decirte, mina, te lo has buscado. Y no soy quien para juzgarte, sólo para aconsejarte que no revuelvas más cajones viejos, porque acabarás por erosionarte con ellos.
Buena suerte, niña, y corrige los ademanes sardónicos. De qué te sirve el rencor y la furia cuando aún hay pedazos salpicados tuyos… Da gracia verte parafrasear, todavía tantas piruetas que no sabes dominar y pretendés deshacerte de los obstáculos de la vida… Pulverizá la angustia con tus canciones de living room.
El maquiavelismo de tu impertinencia te vuelve más frágil y menos tersa para quien te aprecia desde lejos. Tené cuidado, pendeja, no podés maquillar lamentos ni conflicto interior. No endurezcas la mirada cuando nos veas por ahí, no frunzas los labios porque acabarás por zurcir sonrisas (actitud vomitiva la de quien encuentra infortunios en la felicidad de otros, mejor mendigar caricias que soslayar la vida entrando por tu puerta y estallando detrás de las ventanas)
Y dejo constancia a través de esta escritura automática y desenfadada de lo bellísimo que se ve el panorama de ayer, hoy y mañana porque estoy con él. Y qué bella forma de desentramar el diorama, el collage simbiótico que entre los dos generamos. No nos importa el destino tuyo, minita, porque sos vos misma la que tiene que decidir qué hacer con su vida (no exprimas el tiempo en entelequias ni en peripecias infantiles, mejor mirá un poco más al horizonte y descubrí sus nuevos matices)
Te deseo suerte, estupefacta babel, bonne nuit tout le monde... Pero no sirven los perdigones de papel para torres hechas de mucho más de lo que podrías entender.

Carpe diem, compañera.

2 comentarios:

reporteria dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Leo dijo...

Genial, muy buen Blog
Pasat por el mio
Un Abrazo!!

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